"LOS OGROS DE LAS ARDENAS"
En el año 2003, en un tranquilo pueblo de las Ardenas belgas, una tarde que parecía rutinaria se torció en un instante mortal. Una niña de 13 años, salió sola de su casa con la intención de dirigirse al colegio cuando una furgoneta blanca se detuvo a su lado. El conductor, con voz amable y aparentemente desorientado, le ofreció a acompañarle el camino hacia la escuela. Con la inocencia de su edad, terminó aceptando subir al vehículo, confiando en lo que parecía un simple gesto de ayuda. Pero una vez dentro, el destino cambió: el hombre no la llevó a clase, sino hacia el oscuro bosque que bordeaba la región.
La situación se tornó crítica muy pronto. La niña entró en pánico, sintiendo cómo la furgoneta la alejaba de todo lo familiar. En un momento de terror absoluto, el hombre le ató las manos y los pies, dejándola indefensa en la parte trasera del vehículo. Sin embargo, su instinto de supervivencia se impuso: mientras el coche avanzaba, logró desatar las ataduras. Y entonces, cuando el semáforo obligó al vehículo a detenerse en un cruce, no lo dudó ni un segundo: abrió la puerta y salió corriendo hacia la libertad.
La suerte estuvo de su lado. Una mujer que circulaba por el lugar la vio, la socorrió y se quedó con la matrícula de la furgoneta, un detalle que resultó crucial. Juntas acudieron a la comisaría y relataron lo que había ocurrido, proporcionando esa chapa como clave para rastrear al agresor. Esa información fue suficiente para que la policía localizara la furgoneta y, finalmente, a sus ocupantes, marcando así el principio del fin de una trayectoria criminal que había permanecido oculta durante años en las Ardenas.
Cuando la policía localizó la furgoneta blanca que había servido para intentar secuestrar a la niña, averiguaron que el propietario del vehículo era Michel Fourniret, un hombre que trabajaba como guardabosques. Tras proceder a su detención, las sospechas crecieron al tiempo que emergían detalles inquietantes de su vida privada. Michel estaba casado con Monique Olivier, y durante los primeros interrogatorios ella se presentó como una mujer sumisa y siempre dominada por su marido, alegando que él hacía lo que quería, y que muchas veces incluso ni siquiera dormía en casa. A primera vista, nadie imaginaba que detrás de esa fachada de pareja común se escondiera un pacto oscuro.
El registro de su domicilio terminó por desbordar la imaginación de los investigadores: la casa estaba hecha un completo desastre, como si alguien hubiera querido borrar huellas, pruebas, vidas. En el sótano, los agentes encontraron esposas, cuerdas, pistolas, cuchillos, cintas adhesivas, mordazas, incluso máscaras de inhalación, ampollas de éter y ropa infantil... lo que hacía saltar todas las alarmas.
Los investigadores empezaron a atar cabos y pronto comprendieron que el perfil de Fourniret no era el de un simple pedófilo aislado, sino el de un depredador en serie con un historial mucho más amplio de lo que nadie había sospechado. Al mismo tiempo, tenían la certeza de que Monique sabía mucho más de lo que inicialmente había querido declarar. Su actitud tranquila, casi resignada, escondía algo más profundo, como si bajo esa aparente sumisión se ocultara un conocimiento oscuro y compartido de los crímenes perpetrados por su esposo.
Surgieron pistas y fechas sobre casos que había sin resolver y se remontaron hasta el año 2000, cuando una joven desapareció en Charleville, tras terminar una prueba escolar. Meses más tarde su cuerpo fue encontrado al otro lado de la frontera de Bélgica, un hallazgo que dejó perpleja a la comunidad local y abrió interrogantes sobre lo ocurrido.
Al año siguiente, en mayo de 2001, surgió otro caso que parecía resonar con el anterior. Una niña francesa de 12 años, salió de la mediateca como cualquier otra tarde para volver a casa...pero no regresó. Su desaparición conmocionó a las familias del área y, cerca de un año después, sus restos fueron hallados en un bosque de Bélgica, a cierta distancia de su última ubicación conocida.
Mientras los agentes seguían sumando piezas, Monique, fue interrogada repetidamente. Durante días mantuvo silencio, sin aportar detalles que pudieran explicar los hilos que parecían conectar estos casos antiguos con el intento de secuestro que acababa de fracasar. Sin embargo, un ticket de peaje y otro de restaurante, situaban al matrimonio en la misma zona y fechas de las desapariciones de las dos chicas. Esa coincidencia geográfica fue uno de los elementos que hizo a los investigadores replantearse todo lo que sabían hasta entonces y la posible implicación de su marido en esos sucesos.
Había pasado ya un año desde aquella detención por secuestro y conducta indecente con menores, pero el aire en torno al caso se volvía cada vez más denso. La policía, implacable, había sometido a su mujer a más de 100 interrogatorios. Cada sesión parecía arrancar un poco más de su cordura. Las preguntas se multiplicaban...hasta que, finalmente, confesó todo.
Fue en febrero de 1987 cuando sus caminos convergieron. Él, de 45 años, acababa de salir de un mundo de rejas y sombras; ella, de 38, llevaba ya la vida desgarrada por un pasado de maltrato y pérdida: separada de su marido y apartada de sus dos hijos, envuelta en relatos de violencia, celos y servidumbres forzadas que nadie había podido comprobar del todo. Michel había colocado un anuncio en una revista religiosa desde su celda. Monique respondió, y enseguida aquél hombre capto ese eco de vulnerabilidad con precisión.
De aquellas cartas surgió algo peligrosamente íntimo: ella hablaba de su soledad como si fuera una herida abierta, y él, ofrecía comprensión y pacto. Sin lógica aparente, se tejió entre ellos una relación tan inusual como siniestra. Y entonces, tras cuatro meses, vino su carta definitiva: una petición de matrimonio. No una solicitud común, sino una plegaria del alma, un vínculo sellado en tinta y angustia, un puente que los arrastraría juntos hacia un futuro que pocos podrían imaginar sin estremecerse.
Ella conocía que cumplía condena por un delito de violación. Sabía que tenía una libreta donde escribía todas sus agresiones, con las descripciones físicas de sus víctimas, las fechas y lugares de los hechos...Cualquier mujer hubiera huido despavorida después de conocer todas esas confesiones, sin embargo, ella se quedó, no huyo y acabó ejecutando junto a él todas esas perversiones.
"En esas cartas comenzaba a asomarse sus fantasías más oscuras, hacía referencia a la virginidad, a que anhelaba conseguir una. Llegaron a un acuerdo...acabar con su ex marido a cambio de que le consiguiera una virgen".
Fuera de prisión y dos meses después de casarse, el 11 de diciembre de 1987, cometieron su primer crimen. Localizaron a una joven , acordaron que fuera Monique la que se acercaría para convencerla de subir en el vehículo. Una vez dentro, condujeron unos metros hasta detenerse en el lugar donde se encontraba Michel, que fingió haberse quedado sin gasolina y se montó con ellas. Cumplido parte del plan, le obligaron a tomarse una pastillas y la condujeron a su casa, a su matadero...y ese pasó a ser su modus operandi. Nueve meses después de su primer crimen, nació también su primer hijo.
Nuevas desapariciones resonaron en distintas localidades en 1988 y 1989. En Namur, Bélgica, la desaparición de una niña de apenas 12 años, conmocionó a toda la nación. Su desaparición mantuvo en vilo a la policía durante quince largos años. Los cadáveres de chicas aparecían en distintas regiones sin explicación alguna, hasta que, en 2004, tras las confesiones de Monique, procedieron a la reconstrucción de los hechos. Entre sombras y silencios, se reveló cómo una desaparición pudo comenzar con una trampa aparentemente inocua. Pasaron horas encerrados en un vehículo, a la espera de que la joven saliera de un lugar que sabía familiar. Cuando finalmente marchaba de regreso, ella bajó del coche con un bebé en brazos y se acercó a ella con una excusa: necesitaba ayuda. Nadie volvió a verla.
Las pistas que siguieron a los investigadores los llevaron lejos, hasta una propiedad solitaria y silenciosa en el campo francés. Allí, en medio de hectáreas de tierra, se escondía un secreto oscuro que el tiempo había enterrado. Las excavaciones se efectuaron siguiendo las indicaciones que les hacía Michel, y finalmente, en una zona y casi a metro y medio de profundidad, localizaron el primer cuerpo. El color morado de la cazadora indicaba que se traba de la pequeña Isabelle,
Los investigadores empezaron a preguntarse como alguien con ese pasado había podido asentarse en una propiedad tan señorial. Las pesquisas desvelaron que, décadas atrás, ese hombre había compartido prisión con otro recluso, condenado por actividades extremistas en los años de plomo en Euskal Herria. Según relatos posteriores, ese compañero le susurró el oído una historia imposible: en un antiguo cementerio, ocultos bajo tierra, yacían lingotes de oro pertenecientes a una banda dedicada a robar bancos.
Cuando salió en libertad, aquel hombre, acompañado de su pareja y de la mujer del que le proporcionó la información, siguió las coordenadas secretas hasta el lugar señalado, Allí, enterrado entre lápidas olvidadas, encontraron el tesoro prometido. Sin embargo, el hallazgo desató una disputa cuya tensión se torno mortal: una discusión en cuanto a la repartición terminó en un crimen brutal, dejando sin vida a la mujer del recluso. Y así fue con lograron adquirir aquella fortaleza, aquel chateau, donde ocultaban sus secretos.
Entre las confesiones de Monique, destacó otra técnica que utilizaban para captar chicas. Colgaba anuncios en los que indicaba que buscaba oppers, o se interesaba por las ofrecían sus servicios como profesoras.
Finalmente, el Ogro de las Ardenas fue condenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad, y Monique recibió también una pena de prisión prolongada por su papel en aquellos crímenes imposibles de olvidar. Juntos, durante años, crearon una de las alianzas más siniestras de la criminología europea: la de un hombre y una mujer que se movían entre la normalidad aparente del día a día… mientras por la noche cazaban en la oscuridad. El mismo llegó a atribuirse hasta 11 muertes, y a lo largo de los años, investigadores sospecharon su posible implicación en aún más desapariciones, algunas de las cuales nunca llegaron a resolverse por completo.
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