"TRIPLE CRIMEN DE MACASTRE"
En las noches frías de enero de 1989, en la vasta calma del Levante valenciano, comenzó una historia tan trágica como enigmática, que aún hoy guarda sus secretos bajo tierra. Aquella madrugada -la transición del 14 al 15 de enero- tres jóvenes: Rosario, Valeriano y Pilar, de apenas 14 y 15 años de edad, desaparecieron sin dejar rastro.
Aquella noche, cogieron un autobús rumbo a una zona de montaña en Catadau como tantas otras veces: buscaban una escapada, una acampada, una noche distinta lejos de sus vidas difíciles. Familias humildes, barrios marcados por la precariedad, drogas baratas -esas vidas rotas que agarran como tabla de salvación lo que sea. Se detuvieron en un bar modesto llamado "Bar Catadau" -y conocido también como "El Parador". Allí fueron vistos por última vez: Rosario conversaba con un hombre de mediana edad, Pilar charlaba con la dueña y Valeriano los acompañaba.
Lo que siguió fue un anticipo del horror: pocos días más tarde apareció el cuerpo de Rosario. Un pastor de la zona denunció a la policía algo que heló la sangre: al entrar en una caseta de labranza en el término municipal de Macastre, se encontró con la puerta forzada, señales de que alguien había removido todo, y al asomarse a un cuarto vio a una joven tumbada en la cama, como si se hubiera dormido para siempre: quieta, inmóvil, sin respiración ni respuesta alguna.
Mientras tanto, los padres de los adolescentes no pusieron una denuncia de inmediato cuando su desaparición saltó a la vista -para ellos había algo ya habitual: sus hijos solían escaparse de casa durante días.
La investigación policial, como muchas de la época en entornos marginales, resultó tan tenue como insuficiente. Se habló de una muerte que podría obedecer a causas naturales: no se apreciaban signos claros de violencia externa, y los informes médicos sugirieron una posible sobredosis o asfixia. Sin embargo, algunos detalles llamativos quedaron registrados: la cremallera de sus pantalones estaba parcialmente bajada. Aún así, esos indicios no bastaron para cuestionar una tesis demasiado simple como la que determinaba la autopsia.
Así, lo que podría haber sido un aviso, un indicio, se convirtió en primera versión oficial: un final prematuro sin nombre, sin culpables, sin respuestas. Una muerte más, en un expediente pronto olvidado.
Unos días después del hallazgo del cuerpo de Rosario, un suceso sobrecogedor encendió aún más las alarmas: el 27 de enero en la calle Alcàsser de Valencia, una vecina vio algo extraño: un coche pequeño, de color blanco, se detuvo y alguien bajó del asiento del copiloto, dejó algo en una marquesina, volvió al vehículo y se marchó. Una transeúnte que pasaba por allí se fijó en lo que al principio pareció un pie de un maniquí, un objeto abandonado sin mucho sentido… pero cuando se acercó con curiosidad, descubrió que era un pie humano amputado y llamó de inmediato a la policía.
“Ese mismo día, cuatro años después, el 27 de enero de 1992 encontraron los cuerpos de uno de los casos más mediáticos de la historia del país: el de las niñas de Alcasser”.
De pronto, el caso dejó de ser una desaparición con una víctima para convertirse en un rompecabezas inquietante: un cadáver encontrado, restos humanos abandonados en la ciudad, y un silencio que pesaba más que la sospecha. Nadie sabía aún a quién pertenecía ese pie, ni cómo había llegado allí, y aquello sembró dudas nuevas, escalofriantes, en una investigación que ya nadaba en sombras.
En el mes de abril, otro hallazgo vuelve a resonar en la comunidad. Un campesino que se encontraba recogiendo espárragos, se topó con el cuerpo de un chico joven en avanzado estado de descomposición, aparentemente oculto entre la maleza. El cadáver estaba a tan sólo unos 200 metros de distancia de la caseta donde, meses antes, se encontró el cuerpo de Rosario. Su cuerpo reposaba sobre un saco de estiércol junto a una vela -objetos que pertenecían a la caseta junto a la joven-. La policía cuando encontró el cuerpo de Rosario, realizó batidas por la zona con perros, pero como era posible que nadie lo viera, o es que no estuviera allí y fuera colocado con posterioridad.
Pronto supieron que aquel chico era Valeriano, sólo faltaba encontrar a Pilar, pero no tardarían en dar con ella. Una tarde cualquiera, unos niños jugaban cerca de una acequia en una zona de campo apartada de Turís. Entre risas y carreras, se metieron por el canal de riego, explorando con la curiosidad propia de la infancia. Pero lo que hallaron cambió todo: al adentrarse, dieron con un cuerpo.
Los padres, convencidos en un principio de una broma o un accidente, pronto comprendieron que no era eso: llamaron a la policía y, efectivamente, los agentes acudieron al lugar del hallazgo. Otro cuerpo en avanzado estado de descomposición, pero a diferencia de los anteriores, su pie y su mano habían desaparecido. Tenía la cara llena de cortes como si una mano desconocida hubiera tratado de borrar su identidad.
No tardaron en darse cuenta que aquel pie que encontraron en la calle Alcasser varios meses antes, correspondía a ese cuerpo abandonado en aquella boca de riego. Junto a al cuerpo encontraron varios objetos, uno de ellos llama especialmente la atención, una funda de cuchillo. Sin embargo, nunca se esclareció quien o quienes fueron los causantes de estos crímenes.
"En realidad, el cuerpo que se encontró en aquella acequia estaba en tan mal estado que ni siquiera la familia de Pilar pudo reconocerla".
La Guardia Civil, interrogó, rastreó montes y ruinas, recogió testimonios: supuestos testigos situaron a una persona -un jornalero apodado "Miguelo"- conversando con Rosario en aquel bar de Catadau. Surgió otro nombre: un toxicómano conocido como "Wichita", que traficada en el barrio chino, señalado en una llamada anónima como responsable. Aquellas pistas no condujeron a nada y, así quedó el expediente: tres adolescentes desaparecidos, tres cadáveres hallados en distintos rincones del campo valenciano, todos a 30 kilómetros de Catadau, muchos interrogantes, ruidos susurrados en pueblos pequeños, remolinos de humo y olvido. El expediente se cerró. Pero sus nombres no. Porque el tiempo no consigue enterrar aquello que no se resuelve.
Desde entonces, el Caso Macastre vive en el murmullo de una memoria colectiva rota, en las noches en que los montes guardan más de lo que muestran, en el miedo de un pasado que aún pide justicia
“Casualidad o no, entre los cuchillos que tenía el famoso Antonio Angles , relacionado con la desaparición y asesinato de las tres niñas de Alcasser, tan solo 3 años después, en la misma zona valenciana, disponía de un cuchillo que se corresponde a la marca de la funda que se encontró en la acequia donde estaba la niña de quince años”.
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