"THE RAINCOAT KILLER"
Septiembre de 2003. Seúl amanecía envuelta en una neblina espesa, como si la ciudad presintiera lo que estaba por descubrirse. En un elegante barrio del sur, una familia de renombre fue hallada sin vida en su propia casa. Al principio parecía otro de los muchos crímenes que sacudían al país por aquellos años, pero algo en aquella escena hizo que incluso los agentes más experimentados se quedaran en silencio.
Corea del Sur atravesaba entonces una etapa difícil. La herida de la guerra y la división seguía marcando a su gente. Mientras unos prosperaban con rapidez, otros veían cómo el futuro se les escapaba entre las manos. Era una sociedad partida, en tensión constante, donde la desigualdad crecía al mismo ritmo que las luces de la ciudad.
En esa casa, el silencio lo decía todo. Los investigadores avanzaban con cautela, descubriendo, habitación tras habitación, los restos de lo que alguna vez fue una vida familiar. El primer cuerpo se encontraba en el baño, el siguiente en la cocina con la cabeza totalmente destrozada y, a lo largo de un rastro de sangre, el más pequeño de la familia yacía en el suelo. No había señales de robo, ni de entrada forzada. La escena hablaba de furia, había tal cantidad de sangre en toda la casa que a la policía le fue muy difícil marcar las zonas donde podría haber pruebas.
Durante días, la prensa no habló de otra cosa. Nadie sabía quién podía haber cometido algo así, ni por qué. Algunos decían que era el reflejo de una sociedad al borde del colapso; otros, que había algo más oscuro detrás. Y así, entre rumores, miedo y silencio, el caso se convirtió en una de esas historias que la ciudad no logra olvidar.
Apenas habían pasado unos días desde el primer suceso cuando Seúl volvió a estremecerse. En otra zona acomodada de la ciudad, un matrimonio de ancianos fue hallado sin vida dentro de su casa. Nada había sido robado, ningún objeto fuera de lugar. A pesar de las similitudes con el crimen anterior, las autoridades no conectaron ambos casos; pertenecían a distintas jurisdicciones y, en apariencia, no había motivo para relacionarlos. Pero las coincidencias eran inquietantes: las heridas, la forma en que se desarrollaron los hechos...todos tenían las cabezas destrozadas con una especie de herramienta difícil de identificar.
La calma volvió a durar poco. Un tercer asesinato rompió cualquier sensación de seguridad que quedaba. Alguien irrumpió en una casa, arrastró a una mujer hasta el cuarto de baño y allí la golpeó con un arma contundente hasta matarla. El hedor en el ambiente era insoportable, había muchísima sangre. En un registro posterior, uno de los agentes encontró algo que cambiaría el rumbo de la investigación: una huella de zapato, impresa en el polvo del sistema de ventilación exterior.
Días más tarde, cuando compararon esa huella con la hallada en el primer crimen, la coincidencia fue exacta. Fue entonces cuando las piezas comenzaron a encajar, no eran casos aislados. Se trataba de una misma mano, alguien que se movía sin dejar rastro, seleccionando a sus víctimas con precisión. Corrió la voz y cundió el pánico entre la población. Las calles elegantes se llenaron de miedo. Nadie sabía quién sería el siguiente, ni si el asesino ya había pasado alguna vez frente a su puerta.
Un mes después, en noviembre, provocaron un incendio en un domicilio de otro barrio adinerado en el que fallecieron dos personas. Ambos cadáveres estaban parcialmente quemados y presentaban heridas de arma blanca en la cabeza. Una de las pistas que encontraron en el lugar fue, casualmente, la misma huella de zapato de las escenas anteriores. Se trataba de unas zapatillas Búfalo y la herramienta con la que golpeaba a sus víctimas era un martillo.
Pasaban los días y la tensión en Seúl se hacía cada vez más palpable. La policía seguía sin dar con el responsable, aunque sabían que era cuestión de tiempo que volviera a actuar. En una ciudad donde las cámaras de seguridad aún eran un lujo poco común, cada pista era valiosa. Finalmente, una de ellas mostró algo: la silueta de una figura solitaria, captada de espaldas, caminando con calma tras la escena de uno de los crímenes. No se veía su rostro, pero bastó esa imagen —difundida junto con la huella de un zapato y la promesa de una recompensa— para que el asesino desapareciera, al menos por un tiempo.
Sin embargo, al cabo de unas semanas, nuevos crímenes sacudieron el suroeste de la ciudad. Esta vez, las víctimas eran jóvenes: una adolescente y una universitaria, encontradas en distintos lugares, atacadas en circunstancias similares. El patrón parecía claro: mujeres solas, sorprendidas en plena calle, heridas con un arma blanca y abandonadas sin rastro del agresor.
Los investigadores comenzaron a patrullar las noches, buscando entre las sombras. Pero lo que más los desconcertaba no eran los nuevos asesinatos, sino el cambio. Si se trataba del mismo individuo, ¿por qué modificar su forma de actuar? La ciudad, que alguna vez había temido por sus hogares, ahora temía por sus pasos.
La prostitución estaba al orden del día, la policía se percató que el asesino contrataba servicios de masajistas, cenaba con ellas en su apartamento y decidía sobre su vida porque se consideraba un "Dios". Cuando finalizaban el servicio y procedían a irse, él les arrastraba al baño y allí cometía el crimen. Lo llamaba -el umbral entre la vida y la muerte-, cogía un martillo y las golpea con fuerza en la cabeza. Una vez fallecidas, les diseccionaba la cabeza atándoles el pelo con una goma y las colgaba del colgadero de papel.
"Un día, al ver que le costaba demasiado tiempo diseccionar los cuerpos, se personó en el hospital para que le hicieran un escáner completo y pidió que metieran los resultados en un pen-drive. Estudió las diferentes partes del cuerpo humano y consiguió diseccionar los cuerpos en dieciséis partes".
Utilizó cinco toneladas de agua para lavar los cuerpos, una vez diseccionados los metía en bolsas. Consciente del olor que desprende un cuerpo en descomposición, rellenaba las bolsas con kimchi, con el fin de poder disimular el olor y se traslada en taxi hasta las afueras de la ciudad, donde caminaba entre las montañas y enterraba los cuerpos.
El miedo comenzó a tomar forma de rutina. Al principio, los crímenes ocurrían con semanas de diferencia; luego, los intervalos se acortaron. De un asesinato al mes, pasaron a uno cada quince días, y después, casi cada semana la ciudad despertaba con una nueva noticia. Nadie sabía cuántas víctimas exactas había, pero los investigadores empezaban a temer lo peor: aquella sombra podía haber cobrado ya más de un centenar de vidas.
La mayoría de las desaparecidas eran mujeres que vivían en los márgenes, invisibles para una sociedad que apenas notaba su ausencia. Muchas trabajaban en los barrios nocturnos de Seúl, donde el silencio y la discreción eran moneda corriente. Sus desapariciones, por tanto, solían pasar desapercibidas… hasta que un hombre decidió hablar. Era el dueño de uno de los burdeles de la zona, preocupado porque sus empleadas comenzaban a desaparecer con demasiada frecuencia
Lo que encendió todas las alarmas fue una llamada. Un cliente habitual había telefoneado desde un número que el dueño reconoció de inmediato: pertenecía a una de las mujeres desaparecidas. Aquella pista, tan simple como inquietante, marcaría un antes y un después en la investigación. Por primera vez, la policía sentía que estaba cerca.
Se llamaba Yoo Young-Chul, de 34 años, y un rostro tan común que podría haberse confundido con cualquiera en la multitud. Cuando por fin lo llevaron a comisaría, no opuso resistencia. Pidió hablar con el oficial al mando y, sin aparente emoción, comenzó a hablar.
Tomó un papel, lo colocó frente a sí y, con calma inquietante, empezó a trazar pequeñas marcas, una tras otra. Luego levantó la vista y dijo: -Esta es la cuenta de las personas que he matado. Menos mal que me habéis detenido, porque podrían haber sido cien más.- La sala quedó en silencio. Nadie sabía si hablaba con orgullo o con alivio. Los agentes apenas podían creer que aquel hombre fuera el autor de una cadena de crímenes que había mantenido a toda la ciudad en vilo durante meses.
Pero la historia aún tenía un giro más. Entre interrogatorio y interrogatorio, Yoo fingió sufrir un ataque epiléptico. En medio del desconcierto, aprovechó un descuido y escapó de la comisaría. Seúl, una ciudad inmensa y llena de rincones anónimos, se convirtió en su escondite. Por unas horas, volvió a ser un fantasma entre millones. Aun así, la suerte no lo acompañó por mucho tiempo. La policía lo localizó y lo arrestó de nuevo. Esta vez, no hubo espacio para errores.
Cuando la policía registró su apartamento, todo parecía impecable. Demasiado limpio. Pero al rociar luminol sobre las superficies del baño, la verdad salió a la luz: cada pared, cada rincón, revelaba huellas invisibles del pasado. Aun así, faltaba una pieza clave: el arma. Fue entonces cuando uno de los agentes reparó en un objeto aparentemente inofensivo, apoyado en una esquina. Una maza. No era una herramienta cualquiera; había sido modificada con precisión, adaptada al propósito que Yoo le había dado. Las pruebas de ADN confirmaron lo que todos temían: era la pieza que faltaba para cerrar el círculo.
La justicia coreana fue contundente. Le condenaron a muerte, aunque su caso avivó un debate nacional sobre la legitimidad de la pena capital. Finalmente, la sentencia no se ejecutó. Hoy, continúa cumpliendo cadena perpetua en prisión, mientras su historia sigue siendo una de las más oscuras —y perturbadoras— que Seúl recuerda.
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