"JOJI OBARA -LA OSCURIDAD EN TOKIO-"
En el sofocante verano del año 2000, Tokio se convertía al caer el sol en un infierno de luces de neón y rascacielos. Roppongi, el distrito de la vida nocturna más cosmopolita de la ciudad, vibraba con música de club, risas ahogadas y secretos compartidos entre copas. Allí, bajo esa luz artificial que todo lo embellece, una joven británica llamada Lucie Blackman, con apenas 21 años, aterrizó con ilusión y ganas de libertad.
Alquiló una habitación modesta junto con una amiga. Sus móviles en Japón no funcionan, lograron conseguir uno que compartían y respiraron el aire caliente de esa ciudad vibrante… y muy pronto encontraron un empleo en un club como azafatas -mujeres que conversan, seducen con la palabra y acompañan a hombres ricos en esas noches interminables-.
Entrar en aquel mundo no era lo que muchos imaginan al oír “trabajo de noche”: en los clubes de hostess japoneses no se trata oficialmente de prostitución, sino de compañía. Son clubs frecuentados por empresarios, hombres adinerados y lugares controlados por la mafia japonesa. En esos locales, las chicas se asemejan a geishas modernas, perfeccionadas para el entretenimiento, su poder está en la conversación, en la sonrisa, en la disponibilidad emocional. Su labor parece inocente: servirles copas, encender sus cigarrillos, acompañar sus silencios, incluso bailar. Los hombres tienen prohibido tocarlas.
En una de esas noches prometedoras, su amiga esperaba que volviera para salir juntas y disfrutar de la ciudad que nunca duerme, pero Lucie no regresó. Tokio, con sus millones de habitantes y su chispear constante, parecía una ciudad tranquila, moderna y segura. Sin embargo, tras esa máscara de metrópoli reluciente, se ocultan rincones oscuros y peligros que pocas ven venir.
Al pasar dos días sin noticias, su amiga, cargada de angustia, acudió a la policía. Para su decepción, percibió una falta de interés que asustaba. No sabían con quién se había ido Lucie: ni su nombre, ni su paradero. Desesperada, viajó a la embajada británica, implorando ayuda para que se tomasen medidas reales.
La policía inicia una investigación inquietante. El club donde trabajaba es uno de los pocos que contrata azafatas extranjeras. El dinero es muy bueno, sobre todo comparado con empleos más convencionales. Pero con él llegan unas normas férreas: puntualidad estricta -llegar tarde no se perdona-, lengua controlada -solo japonés o inglés-, y una exigencia física y de postura: cruzar las piernas es un gesto peligroso, incluso castigado con despido, porque revela una actitud poco apropiada. Están prohibidos los pantalones y llevar zapatos planos. Se sientan en un sofá y el cliente las elige. Cobran una comisión por cada consumición que toma el cliente. Es un ambiente de perfección medida, donde todo gesto es observado y todo desliz puede costar caro. El trabajo es intenso, pero para muchas resulta atractivo: no es necesario vender nada más que su presencia. Aunque existe un matiz más oscuro: si un cliente pide una cita fuera del club -un dōhan-, las chicas no pueden negarse. Y dentro del club, se valora especialmente a las que consiguen más dōhan al mes, como si esas citas fueran medalla.
Contó como una noche, Lucie llamó la atención de un hombre elegante, dedicado a los negocios inmobiliarios: le propuso un dōhan en un apartamento frente al mar, prometiéndole regalos, risas y una compañía más íntima. Esa misma noche, sábado día 1 de julio, con su recién regalado teléfono móvil, llamó a su amiga asegurando que volvería justo a tiempo para salir juntas por la ciudad.
Las piezas de aquel rompecabezas no encajaban: un encuentro casual, un hombre adinerado, una llamada misteriosa… y una ciudad inmensa que, tras su brillo, guardaba secretos demasiado oscuros.
Dada la gravedad de la situación, y que no se tenían respuestas del caso, la amiga de Lucie se puso en contacto con la familia y el caso comenzó a tener repercusión. En el torbellino de presión mediática y dolor, su búsqueda se convirtió en una carrera contra reloj. Su familia voló hasta Tokio, impulsó campañas, habló con los periodistas a todas horas y ofreció recompensas para cualquier pista. Abrieron una línea telefónica para que cualquiera pudiera dar información. Incluso contrataron un detective privado, que lo primero que hizo fue ir al club donde trabajaba Lucie, y allí obtuvo un perfil. Un cliente que coincidía con las descripciones aportadas por varios testigos que la habían visto con él aquella misma noche.
Cuando llegó el mes de septiembre, el despliegue policial sobre el caso era ya descomunal. Fueron muchas las llamadas que apuntaban a un patrón alarmante: un hombre que invitaba sistemáticamente a chicas del club a cenar, luego las llevaba a su apartamento en la costa, les servía vino -el cual varias comentaron que sabía extraño-, y después lo siguiente que recordaban era despertarse desnudas, con la ropa lavada, débiles, vomitando, con la sensación de haber sido agredidas. No todas denunciaban en ese momento, pero una de ellas aportó un detalle escalofriante: vio una luz roja de una cámara grabando. Esa confesión fue decisiva. Otra mujer finalmente dio un nombre a la policía: Joji Obara.
Y así, lo que empezó como la desaparición de una joven británica inocente giró hacia una investigación profunda, exponiendo un mundo mucho más oscuro de lo que nadie había imaginado.
En la penumbra de su biografía se escondía algo tan espeluznante como improbable: Obara, un millonario de linaje coreano, nunca fue un simple empresario. A los 17 años heredó una fortuna, se educó en las escuelas más prestigiosas y estudió en universidades de élite, construyendo un imperio inmobiliario que funcionaba como pantalla para lavar dinero de la yakuza.
Al registrar su apartamento, descubrieron horrores. Entre los objetos hallados había botellas de cloroformo, sedantes, GHB… y una lista de cintas repletas de grabaciones. Esas cintas mostraban a mujeres inconscientes, filmadas mientras él llevaba puesta una máscara con forma de zorro. Pero eso no era todo: había herramientas industriales y hasta un diario personal que llevaba escribiendo durante décadas. En sus páginas, Obara hablaba sin tapujos de su “juego de conquista”: un listado siniestro con más de cientos de nombres de mujeres, las drogas que había usado con cada una y cómo las seducía, las sometía y las grababa. Entre los hallazgos, un cabello rubio que, según los forenses, pertenecía a Lucie. Ese detalle conectó el horror de su apartamento con la desaparición de la joven británica: las piezas empezaban a encajar en un escenario tan macabro como real.
A su vez, en esas cintas queda probado como abusó de al menos 400 mujeres que estaban inconscientes, entre ellas no estaba Lucie, pero sí se encontraba una cinta donde aparecía una australiana, de 21 años, llamada Carita Ridgway, cuya historia con Obara se remonta al año 1992.
Apenas meses después de mudarse a Tokio, con la ilusión de trabajar como profesora de ingles. Se instaló en el piso de su hermana, pero pronto descubrió que no era tan fácil conseguir lo que había imaginado: no logró dar con el trabajo de docente que deseaba, y acabó trabajando como azafata en un club de un barrio elegante de Tokio. No era un trabajo que realmente le gustara: no bebía, casi no salía, pero el dinero que hacía era desorbitado comparado con lo que ganaría en Australia, hasta que, tras una comida de trabajo, Carita desapareció.
Su hermana recibió una llamada: Carita se había ido con unos amigos, decían. Entonces, al poco, otra llamada distinta: esta vez, desde un hospital. Le dijeron que había comido marisco en mal estado, que una ostra le había sentado fatal. Pero aquello empeoró: su piel se volvió amarilla, su salud se deterioró, y finalmente cayó en un fallo hepático. La versión oficial era intoxicación, pero había algo que no encajaba.
Años más tarde se reveló la terrible verdad: Joji Obara, un hombre con una doble vida, le había suministrado una dosis excesiva de cloroformo. Aquella sustancia no solo la dejó inconsciente, sino que acabó asesinándola al dañar su hígado. En sus diarios se encontró una entrada escalofriante: “Carita Ridgway — demasiado cloroformo”.
Lo peor es que, en su momento, no se hizo una autopsia ni una investigación profunda. Las autoridades japonesas no prestaron atención, y mucho menos la policía australiana. Fue solo años después, cuando apareció el caso de Lucie Blackman, que la verdad salió a la luz. Gracias a eso, Obara fue finalmente arrestado y condenado. Carita pasó de ser una joven con un sueño en el extranjero a una víctima olvidada… hasta que su historia se convirtió en pieza clave de uno de los casos más oscuros de Tokio.
Y así culmina el oscuro reinado de Joji Obara: condenado a cadena perpetua, por una serie de delitos espeluznantes que salieron a la luz gracias a la tenacidad de las víctimas y sus familias.
En 2007 fue sentenciado por múltiples agresiones sexuales y por la muerte de Carita Ridgway y, pese a que en aquel momento fue absuelto de los cargos por la desaparición de Lucie por falta de pruebas, la apelación cambio la historia y, al año siguiente, el Tribunal Superior de Tokio lo declaró culpable de secuestro, desmembramiento y abandono del cadáver.
El resultado es un final tan sombrío como inevitable: un hombre cuya monstruosidad trascendió fronteras, condenado a pasar el resto de sus días tras los barrotes, mientras su nombre sigue resonando.
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