"EL LOBO DE SIBERIA"
Era de noche, la ciudad de Angarsk dormía bajo un cielo helado de Siberia. Las calles, ya semidesiertas, resonaban con el crujir de la nieve y un viento que anunciaba que algo oscuro caminaba entre los árboles. A la 1 o 2 de la madrugada, un coche patrulla se detenía junto a una joven que esperaba en la acera: vestía el uniforme de agente, una promesa de seguridad. Ella no lo sabía, pero el hombre que le ofrecía ayuda era la sombra que aterrorizaba Angarsk.
Y así fue pasando el tiempo hasta diciembre 1998, cuando aquella chica de 17 años, apareció al costado de una carretera, tirada, sin esperanza aparente de vida. La policía la dio por muerta. Sin embargo, en la morgue sucedió lo inesperado: ella abrió los ojos y lo primero que vio fue una etiqueta atada al pie de un cadáver que reposaba junto a ella en otra camilla. La joven contó lo que le había ocurrido. Esa noche había estado en la casa de un amigo y, al regresar caminando, apareció un coche de policía que se detuvo a su lado. Conto como ese hombre se ofreció a llevarle, y ella aceptó sin sospechar nada. Pero en lugar de llevarla a su casa, el conductor la golpeó contra el salpicadero del coche y la condujo al bosque. Allí la obligó a desvestirse y la atacó una vez más del modo más despiadado. Ella recuerda que logró arrancarse, huir desvalida por el oscuro bosque… hasta que, otra vez, él la encontró y la agresión prosiguió.
Cuando la policía escuchó su versión, algunas piezas comenzaron a encajar. La figura que había accedido aparentemente en ayuda, el coche que ofrecía seguridad, la oscuridad que lo permitió todo. Tenían su saliva, su ADN y unas huellas de todoterreno. Ella sobrevivió y, tras mostrarle una serie de fotografías de agentes patrulla, lo identificó. Se trataba de Mikhail Popkov.
Un policía, padre de familia, cuya mujer le había dado cuartada, y que, desde 1992, era la sombra que caminaba entre calles y estaciones, invisible hasta que dejó de serlo. Sin embargo, nadie se creyó que fuera él y siguió libre.
Durante años, apuntaron con dedos erróneos: un camionero sin rostro o quizá un trabajador silencioso de la estación de ferrocarril...los cuerpos seguían apareciendo, uno tras otro, todos en el cementerio local. Los asesinatos eran tan dispares que nadie creía que perteneciesen al mismo autor. Y sin embargo, había un patrón. Una pista tenue pero persistente: la mayoría de las víctimas morían los miércoles. Por eso lo empezaron apodando "el asesino de los miércoles".
Según los análisis, las muestras de ADN coincidían con los de Mikhail Popkov. Lo capturaron justo cuando planeaba escapar hacia China, una huida hacia el olvido. En su celda intentó quitarse la vida y sobre él, graves acusaciones, 22 crímenes al inicio.
Era un hombre de manos habilidosas y herramientas siempre a su alcance. En el interior de su coche descansaba una caja metálica de llaves inglesas, alicates y destornilladores. Conducía su vehículo policial por las silenciosas calles de Siberia, observando a las jóvenes que salían de los locales, ebrias y desprevenidas. Su furia se encendía ante lo que él consideraba una conducta inmoral, una promiscua osadía.
Su modus operandi: una mezcla de autoridad y falsa amabilidad, mostrando su placa policial, ofreciéndoles llevarlas a casa. Él las invitaba a beber, si aceptaban...era el fin. Si rechazaban, simplemente las dejaba en el lugar que indicaban, pero en el caso contrario...las sombras del bosque aguardaban. Alguno de los cuerpos tenían entre 145-170 puñaladas o hachazos, enterraba destornilladores en algunas de las cabezas de sus víctimas. A una de ellas la decapito y viajo con su cabeza varios kilómetros para dejarla en un basurero, a otra, le arrancó el corazón pero nunca se encontró...algunos medios dicen que se lo comió.
Las dejaba en posiciones grotescas, como si la muerte fuese un escenario y él el maestro de ceremonias. Utilizaba objetos confiscados por la autoridad, luego robados para sembrar pistas falsas y poder confundirles. Se presentaba en las escenas de sus propios crímenes, vistiendo su uniforme, con la mirada inexpresiva y, además, alertaba del hallazgo de nuevos cuerpos. Nunca levantó sospecha.
En el año 1998 le apartaron del cuerpo policial pero consiguió empleo como guardia de seguridad: otro uniforme distinto, pero la misma promesa de impunidad, Durante dos décadas de sombras cometió crímenes con una certeza implacable.
Y entonces el error: la arrogancia al final de su juego. Comenzó a abandonar cuerpos en la carretera, a dejar muestras biológicas...hasta que finalmente, fue detenido en el año 2012.
Se dice que su niñez fue una sala de espejos rotos: una madre alcohólica que abusaba de él, tanto física como psicológicamente. Esa imagen de podre distorsionado sembró en el una visión deformada del mundo. Y así, él se definió como un purgador: destinado a "limpiar las calles" de lo que consideraba prostitutas alcohólicas.
En el juicio, confesó. Primero 22 asesinatos confirmados en 2015. Luego, en 2018, otros 56. El total reconocido ascendió al menos a 78 víctimas —y las sospechas apuntaban mucho más alto. Siempre dijo que no estaba loco, “pasaba los exámenes médicos”, pero que al mismo tiempo vivía dos vidas: el buen esposo y padre, y el asesino que acechaba por la noche.
Una vez preso, comentó que a veces pensó que la muerte habría sido mejor que la prisión de por vida. Que no soportaba cargar con su realidad. Pero la realidad seguía siendo que, detrás de la fachada de normalidad, había un monstruo que eligió matar. Condenado a dos cadenas perpetuas, continúa cumpliendo condena en una colonia de régimen especial.
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