"THE NIGHT STALKER"

  

  Todo comenzó cuando una ola de crímenes violentos y aparentemente aleatorios empezó a sacudir el sur de California. No había patrón claro: hombres, mujeres, ancianos, niños... nadie estaba a salvo. Las víctimas eran atacadas en sus propias casas, durante la noche. Se deslizaba por las ventanas como una sombra, invisible y despiadada. Algunas veces las puertas estaban cerradas con llave, otras no...pero siempre encontraba la manera de entrar, lo llamaban, el Acechador Nocturno -The Nigth Stalker-.

   El 17 de marzo de 1985, en Los Ángeles, la policía responde a una llamada que les helo la sangre. En un modesto garaje, un charco de sangre cruje como un eco de horror y, junto a él, una gorra de béisbol de ACDC. Cuando abren la puerta, en la cocina, yacía Dayle. La fría bala del 22 le arrancó la vida de manera instantánea. Su compañera de piso María, irrumpió en la pesadilla y contó como le vio a él, una sombra que le apuntó con el arma, y al alzar la manos la bala rebotó en sus llaves. Le dio por muerta y cuando consiguió moverse y huir, volvió a encontrárselo, dijo: "ya me has disparado una vez", y él, como si jugara con el miedo, le dejo escapar. Menos de una hora después, otro estruendo cobra otra vida. A menos de dos millas, una estudiante, fue arrastrada fuera de su coche y asesinada con un arma de fuego. 

  Diez días después de los asesinatos, hubo un doble asesinato en otra zona. Alguien se subió en un bidón para acceder a través de la ventana del baño al interior de una vivienda. La escena era dantesca, el cuerpo de un hombre con un disparo en la sien, yacía encima del sofá. Cerca, el cuerpo de una mujer con varias puñaladas, había sido agredida y le habían extirpado los ojos. Sin embargo, el asesino cometió su primer error y, en la zona del jardín por donde accedió a la casa, dejo una huella de calzado de la talla 45-46.

   La ciudad estaba paralizada por el miedo. Cerraduras nuevas, perros de guardia, luces encendidas toda la noche. Nadie dormía tranquilo. Se habían cometido secuestros de niños en mitad de la noche que habían sido sustraídos de sus camas para ser agredidos y después abandonados. Eso es lo que le ocurrió a una niña de 6 años, que fue secuestrada, agredida y conducida a una gasolinera donde su agresor le dijo que llamara al 112 para que alguien fuera a recogerle.

  Habían pasado 58 días desde que la oscuridad se había manifestado por primera vez, y parecía que, lejos de disiparse, se extendía como una niebla silenciosa sobre cada rincón del sur del país. 

  En Monterrey, un matrimonio fue hallado sin vida dentro de su hogar. No hubo señales de lucha aparente, solo un silencio espeso y un desorden que no pertenecía a esa casa. Entre los indicios encontrados, un objeto llamó especialmente la atención: unas esposas para pulgares, abandonadas cerca del cuerpo de la mujer, a la que habían apuñalado, agredido y robado. Había rastros de resistencia, había intentado liberarse hasta el último instante.  

La policía apenas tenía pistas sólidas, no había testigos, no había imágenes. Pero en una obra cercana, en un suelo aún fresco, algo quedó impreso: una huella de calzado. Una niña de 8 años había sido sustraída de allí pocos días antes. La huella ira idéntica a otra que se había encontrado semanas atrás, en el jardín de una vivienda marcada por otra tragedia. No tenían un nombre...pero tenían un rastro y ese rastro comenzaba a repetirse. 

   En Arcadia, un lugar apacible, en apariencia, una joven llamada Patty, fue encontrada sin vida en su hogar. La escena era fría, precisa, cruel. Le habían rebanado la garganta y apuñalado en el mismo corte con saña. Cuatro días más tarde, Mary, de 75 años, sufría un destino idéntico a escasos kilómetros. No había señales de entrada forzada. 

   A los pocos días, en la localidad de Sierra Madre, una adolescente fue atacada mientras dormía. Le golpeó con una barra en la cabeza causándole varias laceraciones pero, a diferencia de las víctimas anteriores, sobrevivió. Y fue en su jardín donde la policía encontró nuevamente esa misma marca en el suelo. El mismo calzado. La misma pisada. Por fin, el patrón se revelaba: estaban ante un asesino que no improvisaba...acechaba.

    El mes de julio trajo consigo una historia distinta. Una familia, sin saberlo, estuvo al borde de convertirse en otra estadística. La mujer despertó en mitad de la noche, inquieta. Algo no estaba bien. Insistió a su esposo, un sheriff de la zona, quien tomó su arma y recorrió la casa. Una ventana estaba abierta. El jardín, marcado nuevamente por esa pisada inconfundible. Se había ido pero había estado allí. Observando. Esperando.

   La clave comenzó a revelarse en el calzado. Era una zapatilla deportiva, negra, con una suela distintiva. AVIA, marca nueva en el mercado. Al contactar con el fabricante, descubrieron algo inesperado: en todo EEUU sólo se habían enviado 1.356 pares de ese modelo. Y del tipo exacto hallado en las escenas, sólo existían 6 pares. De esos seis, uno y sólo uno, había llegado a Los Ángeles. Aquel dato, casi invisible, era el hilo que podía desenredar todo el tejido de sombras. Pero todavía no sabían quien era. Sólo sabían que caminaba con pasos firmes, pesados, marcando su presencia sin miedo a ser descubierto. El cazador de la noche estaba suelto...

     Meses antes, en mayo, dos ancianas hermanas habían sido atacadas en su hogar. Una de ellas, Florence, sobrevivió por poco, mientras su hermana Mabel no tuvo la misma suerte. El agresor había dejado una marca: un pentagrama garabateado con desgana. Cerca, un despertador caído mostraba una huella parcial de zapatilla. Pero lo que realmente desconcertó a los investigadores fue otro detalle: el atacante había permanecido en la escena. Con calma. Había comido un plátano. Había bebido algo. Como si se sintiera seguro… como si supiera que nadie lo encontraría.

    La investigación continuó, pero el rastro se volvía cada vez más extraño. Una joven estuvo a punto de ser secuestrada. Luchó, se resistió, y el atacante huyó en un Toyota. Lo que parecía una simple infracción de tráfico se convirtió en una oportunidad perdida: un agente lo detuvo brevemente, pero cuando el sospechoso escuchó su descripción en la radio policial, desapareció. Dentro del coche abandonado, otro símbolo apareció: el ya familiar pentagrama, El vehículo, robado, fue llevado al depósito. El acceso a las pruebas se retrasó. Cuando finalmente pudieron examinarlo, lo único que obtuvieron fue una pista escurridiza: una cita odontológica a nombre de alguien llamado Ricardo Mena.

    La policía montó vigilancia en la clínica del dentista, sabiendo que el hombre debía volver por un problema dental. Pero el destino, jugó en su contra. El día que el hombre apareció… no había nadie esperando por él. Y, entonces, el terror siguió su curso.

   Una llamada personal a uno de los inspectores reveló un nuevo ataque: una mujer había sido encontrada atada y agredida en su propia casa. Pero la noche no había terminado. Pocas horas después, otra víctima, Joyce,, una mujer de 60 años, fue sorprendida dentro de su domicilio. El atacante no logró someterla…pero dejó una señal inequívoca: la marca de una zapatilla AVIA estampada en su cabeza. Frustrado, su impulso lo arrastró de nuevo a la carretera, solo unos kilómetros más allá, encontró a Sophie. Y con ella, descargó todo lo que antes no había podido completar.

    La caza continuaba y siguió cometiendo asesinatos. Entre ellos, notifican a la policía que un matrimonio con un niño de 8 años había sido asaltado en su casa. A pesar de ser agredidos, la mujer y el niño sobrevivieron y, gracias a ellos, se pudo elaborar otro retrato robot, pero mucho más preciso que los que ya disponían. Lo difunden en los medios. La prensa lo denominaba "el Acosador Nocturno".

   A finales de agosto y con innumerables casos de homicidios sin resolver, una llamada a la policía abrió una nueva línea de investigación. El testigo contó que su padre tenía un amigo llamado Rick, procedente Del Paso, que le contó como asesinó a un matrimonio con una pistola. A su vez, un informante entrega a la policía una pulsera de diamantes que le había regalado un tal Armando Rodríguez. Esa pulsera llegó a sus manos a través de un tal Rick, que vestía una gorra de ACDC, una chaqueta negra y que tenía mala dentadura.

   Gracias a la colaboración de Armando, consiguen el nombre de su acosador: Richard Ramírez. Durante su infancia, su padre le castigaba atándole a una cruz del cementerio durante toda la noche, su primo asesinó a su mujer delante de él y era adicto a la cocaína y a la heroína. La policía consigue localizarlo en una estación de autobuses, pero al sentir la presencia policial consigue huir. Roba varios vehículos hasta llegar a un pueblo donde, con todo el revuelo, el retenido por varios ciudadanos hasta que lo introducen en una patrulla y es conducido a comisaria.

    Durante el juicio, su comportamiento daba escalofríos, en un momento se levantó y alzo la mano donde se veía que tenía dibujado un pentagrama y dijo "salve a Satanás". Fue acusado de 14 asesinatos, 5 tentativas, 9 violaciones, entre ellos menores, 2 secuestros, 5 robos y 14 allanamientos de morada. Finalmente fue declarado culpable de 43 cargos y condenado a la pena de muerte con cámara de gas. Sin embargo, murió con 53 años debido a un cáncer tras llevar más de 23 años en el corredor de la muerte. 

  "Se estima que actuó en muchas más ocasiones, dado que su modus operandi no era fácilmente indentificable y él nunca colaboró con la policía dando datos de sus crímenes".  

   

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